Sáb. Ago 30th, 2025

La promesa de Onda Tagoror

La promesa de Onda Tagoror por Carlos Jesús Pérez Simancas.
Una madrugada a comienzos de los años dos mil, el teléfono sonó en casa de mis abuelos y los arrancó del sueño como un trueno en mitad de la noche. Se levantaron sobresaltados, temiendo lo peor, porque las llamadas de madrugada casi nunca traen buenas noticias. Mi abuelo, con la voz temblorosa, descolgó el aparato y al otro lado escuchó una frase que nunca olvidaría: «Estoy delante de la tumba de Jorge Negrete. Estoy aquí».
El oyente explicaba que había sido un hallazgo casual, un encuentro inesperado en aquel cementerio inmenso de México. Habían tropezado con la tumba del Charro de Oro, pero no llevaban flores y no pudieron dejar allí una ofrenda en nombre de Onda Tagoror. Mi abuelo, que guardaba en su alma más de mil canciones de Negrete, de Pedro Infante y de Javier Solís, se lamentó de aquel instante toda la vida. Soñó siempre con viajar a México para honrar a quien tantas veces había llenado de música y emoción las ondas de la radio en La Gomera, pero el destino nunca le concedió ese viaje.
Los años pasaron y aquella historia quedó como una herida abierta en la memoria familiar. Hasta que un día, mi primo Jorge, periodista en México y responsable de la portada del diario El País en el Distrito Federal, me recordó la promesa pendiente. Me dijo que esta vez ya tenía localizada la tumba y que lo iba a hacer. Y cumplió su palabra.
Subido en su bicicleta, recorrió durante casi dos horas el intrincado laberinto de calles del DF hasta llegar al cementerio. Allí, entre el silencio de las lápidas y el murmullo del viento, depositó un ramo de flores no sólo en la tumba de Jorge Negrete, sino también en la de Pedro Infante. Aquel gesto sencillo se convirtió en un acto de memoria compartida, un tributo silencioso en el que participaron, sin saberlo, todos los oyentes que alguna vez sintonizaron Onda Tagoror.
Cuando mi abuelo vio las fotografías, se emocionó como hacía años no se emocionaba. Sintió que al fin su sueño se había cumplido: aunque no fue él quien viajó, una parte de su anhelo había llegado hasta allí. Sin embargo, junto a la alegría le invadió un profundo pesar. La tumba de Jorge Negrete no era el mausoleo majestuoso que había imaginado, sino un descanso olvidado, casi reclamado por la hierba, con un letrero sencillo que apenas decía su nombre. Aquella visión le entristeció, porque para él Negrete había sido una de las voces más grandes de la historia, un artista comparable sólo con Antonio Machín y con aquellos cantores que acompañaron las noches de su juventud.
La emoción se mezclaba con la desilusión y en ese contraste surgió inevitable la comparación con la tumba de Pedro Infante, cuidada y majestuosa, reflejo del lugar que ocupa en la memoria mexicana. Y, sin embargo, la tristeza por Negrete no logró apagar el brillo del gesto: por fin el Charro de Oro había recibido las flores que tanto había merecido.
La música mexicana había cruzado océanos para encontrar en La Gomera un hogar. Desde los años cuarenta, cuando los inmigrantes que regresaban de Venezuela trajeron discos de pasta, las rancheras se convirtieron en un latido gomero. Eran canciones de amores y traiciones, de luchas y revoluciones, de héroes como Zapata o Pancho Villa. Canciones que se metieron bajo la piel de la isla y que hoy siguen resonando como parte de su identidad.
Y fue en aquel ramo de flores, depositado al pie de dos tumbas lejanas, donde se cerró un círculo y se cumplió una promesa. Un gesto sencillo, pero cargado de sentido, que unió a México y a La Gomera a través de la música y de la memoria.
Allí, en el silencio de un cementerio mexicano, una humilde ofrenda dijo lo que miles de canciones ya habían contado.
El ramo llevaba inscrito: De parte de la familia de Onda Tagoror.
La promesa de Onda Tagoror por Carlos Jesús Pérez Simancas

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